Jump to content

Recommended Posts

Mi novio me lo confesó una noche en la que no pasaba nada especial.
Eso fue lo peor.
Que no hubiera un contexto que lo suavizara.

Estábamos en la cama, con esa intimidad tranquila que solo existe cuando llevas tiempo con alguien. De pronto dijo mi nombre. No como siempre. Más bajo. Más serio.
Y luego lo soltó.

Que era sumiso.
Que necesitaba obedecer.
Que le excitaba servir, ser humillado, ceder el control hasta desaparecer un poco dentro del deseo del otro.

No hablaba como alguien que presume.
Hablaba como alguien que se está entregando al riesgo de perderlo todo.

Era mi novio.
La persona que conocía sus rutinas, su risa, su manera de dormirse.
Y de repente estaba delante de mí mostrándome una parte que no encajaba con ninguna imagen que yo tenía de él.

Sentí algo oscuro recorrerme el pecho.
No rechazo.
No miedo.
Algo más peligroso: interés.

Me habló de castidad, de obediencia, de la necesidad de ser dirigido.
Yo no sabía nada de BDSM. No tenía palabras para eso. Pero entendí algo muy claro:
no me estaba contando una fantasía pasajera.
Me estaba diciendo quién era cuando dejaba de fingir.

Esa noche no hice nada.
Pero ya no dormí igual.

Porque empecé a pensar en él desde otro lugar.
A mirarlo y preguntarme cómo sería si dejara de sostenerse.
Qué pasaría si alguien yo le dijera exactamente qué hacer.

Y lo más perturbador fue descubrir que la idea no me incomodaba.
Me excitaba de una forma silenciosa, profunda, casi sucia.

Nunca me había visto dominante.
Nunca me había pensado así.

Pero empecé a leer. A entender.
Y descubrí que la dominación no siempre se reconoce desde fuera.
A veces aparece cuando alguien te confía su lado más vergonzoso…
y tú no apartas la mirada.

La primera vez que mi novio entró en su rol sumiso lo noté antes de que dijera nada.
En cómo bajó los ojos.
En cómo esperó.

No me pidió que mandara.
Me cedió el espacio para hacerlo.

Le di una orden simple.
Y la cumplió sin discutir.

En ese instante sentí algo que nunca había sentido:
no adrenalina,
no euforia,
sino una calma oscura y firme.

Como si ese lugar hubiera estado esperándome.

Me di cuenta de que me gustaba saber cosas de él que nadie más sabía.
Que me excitaba su vergüenza.
Su necesidad de ser visto desde abajo.

Cuando me confesaba pensamientos que nunca diría en voz alta a nadie más, yo no sentía culpa.
Sentía poder.

No el poder de hacer daño.
El poder de decidir qué hacer con lo que me entregaba.

Mi dominación no era ruidosa.
Era mental.
Estaba en mi silencio.
En mi mirada.
En saber que él necesitaba mi aprobación más de lo que admitía.

Lo más oscuro no fue descubrir que mi novio era sumiso.
Fue descubrir que a mí me gustaba ocupar el lugar contrario.

Que me excitaba ordenar.
Que me obedeciera.
Que cambiara cuando entraba en ese rol para mí.

No siempre es así.
No todo el tiempo.

Pero cuando lo es…
yo mando.
Y él existe para cumplir.

Y ahí entendí algo que ya no puedo desver:

Nunca me consideré dominante porque nadie había puesto su vulnerabilidad en mis manos.
El día que mi novio me confesó quién era,
yo no cambié.

Me revelé.

×
×
  • Create New...