Jump to content

Relato erótico: Bajo el silencio de la sombra


Recommended Posts

Cierra los ojos. Túmbate en la cama, boca arriba.

Escuchas cómo me acerco. Sientes mi calor. No puedes verme, solo imaginar mi piel cerca de la tuya, mis labios… Estoy cerca, pero no puedes tocarme. Un susurro en tu oído:

—¿Estás lista?

Te mojas los labios con la lengua y contestas, nerviosa.

Sientes cómo me alejo de ti y frunces el ceño con desconcierto. Pero notas mi peso moverse sobre la cama. No estoy lejos. De repente, una caricia. Las yemas de mis dedos tocan tus tobillos. El roce excita tu piel. Mis dedos trepan, confiados pero sutiles, recorriendo cada centímetro de tus piernas. Se entretienen en tus muslos, haciendo círculos al ritmo de tu respiración. Se acercan a tus labios, jugosos, deseantes… pero los ignoran traicioneramente.

Mis dedos suben y bajan por tus muslos, acercándose cada vez más y más, sin cruzar la línea. Sientes cosquillas en tus ingles, mi calor sobre tu cuerpo. No puedes verme, pero mi mirada se clava en ti, atenta a cada sensación, a cada reacción…

Extiendo mis manos en tu cintura y trepan por tus caderas, por tu vientre, agarrándote con fuerza. Te estremeces con el contacto inesperado de mi deseo. Beso tu monte de Venus con ternura, mientras mis manos siguen explorando tu cuerpo hasta llegar a tus pechos.

Poso mis manos dulcemente sobre ellos, acompañando tu respiración, sintiendo cómo tu pecho se hincha, cómo tu corazón se acelera con cada roce de mis labios. Te muerdes la boca. Subo la vista y te miro, sonriente.

—¿Te gusta?

Contestas con un suspiro, un ligero movimiento de tu cuello para afirmar.

Pinzo tus pezones con fuerza y sonrío, travieso. Tu piel se eriza y dejas escapar un gemido. Y, de repente, desaparezco de nuevo.

Dejas de sentir mi tacto, mi peso, mi calor. Sabes que algo tramo. La excitación y la incertidumbre se apoderan de tus pensamientos. Un ligero arañazo por aquí, un roce por allá… Algo húmedo recorriendo tu ombligo. Mi lengua resbala por tu vientre, subiendo por tu pecho. Besos, saliva, calor…

Un mordisco en el cuello. Otro suspiro.

Mis manos alzan tus brazos sobre tu cabeza. Abres los ojos y me ves, clavándote la mirada, sobre ti, a pocos centímetros de tus labios. Sin dejar de sonreírte, sin dejar de mirarte. Mientras una mano sujeta tus brazos, la otra baja sutilmente por tu piel.

Siento la humedad que baja entre tus piernas. Acaricio suavemente tus labios, separándolos con mis dedos, sin dejar de mirarte. Prestando atención a cada reacción.

Meto mis dedos, despacito. Siento tu clítoris y juego suavemente con él. Casi sin darte cuenta, como si tu deseo tuviera el control sobre tu razón, separas las piernas, pidiéndome más.

En ese momento, muerdo tu cuello salvajemente y mis dedos se pierden dentro de ti.

Mi pene, erecto, roza con tu vientre. Lo notas. Sientes mi calor, mi humedad.

—¿Te gusta? ¿Quieres que te folle?

—Sí…

—Ruégame.

—Fóllame, por favor…

Separo tus piernas, agarro tus brazos con ambas manos y te miro. Te clavo la mirada mientras mi pene juguetea cerca de ti.

Poco a poco, centímetro a centímetro, voy penetrándote sin dejar de mirarte. Sin poder evitarlo. Sin querer evitarlo.

Mi pene resbala en tu interior como si estuviéramos hechos el uno para el otro. Sientes mi calor separando tus adentros, pidiéndome más y más. Tus caderas convulsionan con el contacto de mi cuerpo. Sientes cómo toda mi polla entra dentro de ti. Cómo toca fondo.

En ese momento, me detengo. Me alzo sobre ti y te miro con picardía.

Mis manos sujetan tus muslos con firmeza. Escuchas una orden:

—Usa tus manos. Quiero que te toques. Quiero verte correrte.

Con mi polla dentro, juegas con tu clítoris, con tus pezones.

Cuando piensas que no puedes más, cuando tu respiración está tan acelerada que tu cara se pone roja, me ves sonreír y te digo:

—Pero no puedes correrte. Todavía no.

Agarro tus pezones con una mano, la otra en tu cuello. Mi pene se clava profundo.

—Quiero que, cuando te corras, te olvides de todo lo demás.

—Pero no te lo voy a poner tan fácil. Dame tus manos.

Obediente, acercas tus manos. Ves cómo saco unas cuerdas y ato tus muñecas. El otro extremo, al cabecero de la cama. Tan indefensa, tan cachonda… una diosa a mi disposición.

Mientras hago esto, mueves en círculos tus caderas, disfrutando de mi polla dentro de ti. Portándote mal. Queriendo más y más.

Un cachetazo en el muslo te hace parar.

—Todavía no —te digo.

Saco una venda de satén y te tapo los ojos.

Te acaricio la cara, te agarro del cuello y te muerdo el labio con pasión.

Empiezo a mover mis caderas, llevándote al límite una vez más. Tus pechos suben y bajan. Arqueas tu espalda. Tus pezones, duros.

Otra vez a ciegas. Solo puedes sentir con tu piel cada caricia, cada movimiento de mis caderas.

Algo duro y frío sujeta tus pezones. Unas pinzas, atadas con una cadena. Tiro de una mano en la cadera. El dolor y el placer se mezclan, desdibujando los límites.

Otro gemido.

Entonces escuchas un zumbido. Una vibración.

Algo comienza a vibrar en tu vientre y baja hasta tu clítoris.

Las cuerdas en tus muñecas. La venda en tus ojos. Las pinzas, con la fría y tirante cadena en tus pezones. El vibrador entre tus piernas. Y el calor de mi polla en tu interior.

—Eres mía.

Empiezas a gemir con fuerza. Vas a correrte.

—Me voy a correr… Por favor, déjame correrme…

Entonces tiro con fuerza de la cadena que sujeta tus pezones, azoto tus muslos y embisto con mi polla hasta tocar fondo.

El dolor y el placer son uno.

—Todavía no. Todavía no puedes correrte.

—Si te corres, será peor.

—Por favor, deja que me corra…

Y vuelvo a empezar.

Aumento la vibración. Escupo en tu coño para mojarte más. Me recreo con lo que veo.

Empiezas a gemir. Más y más.

Y entonces, por fin, escuchas lo que estabas esperando:

—Córrete.

Un grito escapa de tu pecho. Un relámpago recorre tu cuerpo, desconectando tu mente por completo.

Olvidándote de todos tus problemas.

Cuando el placer te supera y piensas que vas a perder el control, tiro de la cadena, subo la potencia del vibrador al máximo y toco fondo de nuevo.

Otro orgasmo. Más fuerte que el primero.

Tu cuerpo convulsiona. Tus piernas tiemblan.

Tu mente colapsa.

No puedes más.

Pero no puedes escapar.

No quieres escapar.

Solo hay placer.

Otro orgasmo.

Y otro.

—Eres mía.

Saco mi pene de tu interior, completamente empapado por ti.

Y sin dejarte respirar, lo meto en tu boca.

—Límpialo. No dejes ni una gota.

 

—Fin—

Esta súper bien el que compartas tu relato corto erotico. Me quedo con dos partes, la que resbala dentro la polla, hay que tener cuidado con el líquido preseminal y lo de venus, un poco antiguo pero bueno... tampoco hay que olvidar lo antiguo.😁
11 minutes ago, ClarClar said:
Esta súper bien el que compartas tu relato corto erotico. Me quedo con dos partes, la que resbala dentro la polla, hay que tener cuidado con el líquido preseminal y lo de venus, un poco antiguo pero bueno... tampoco hay que olvidar lo antiguo.😁

Creo que el riesgo lo hace más excitante. No le des muchas vueltas a lo del líquido preseminal, es sólo un relato...

Prefiero "clásico" que "antiguo" Jajaja. Siempre me ha gustado esa expresión, la imagen que inspira.

Gracias por la reseña!

×
×
  • Create New...